Soy como el reflejo de la luna en el mar; difuso y vacilante, fiel a cada capricho de las mareas, enamorado del abismo donde se hunde su luz.
Cada noche la vieja, en su impecable batón de arabescos lejanos, luego de ordenar la última taza, toma su sillita de paja para cruzar la puerta y sentarse prolija y certera, invariablemente en el lado izquierdo.
No hay lluvias ni vientos que impidan su nocturno ritual. No hay niebla que la detenga. Tampoco hay brisas que la deleiten ni estrellas fugases que la desvelen.
La vieja, pequeña, aguda y porfiada solo tiene imágenes de luna. Siempre lunas, solo lunas.
Los vecinos desvelados que se pasean en las noches de tibias mareas, la saludan: “Buenas noches ña María”, “Tomando el fresco ña María?”…
Y ella, firme en su tronito de paja, repite una y otra vez: “Yo siempre he sido igual. Yo siempre fui la misma”.
Así cuenta las horas hasta el tiempo de la pequeña, esa niña que hace meses pasa frente a su silla y corre, casi vuela, hasta la orillita del mar.
La vieja olvida por un momento sus imágenes de luna tan solo para mirar a la niña. No sabe donde vive, no adivina su familia, ni imagina su nombre. Solo sabe de su obsesión nocturna y cotidiana por el mar.
Arde inquieta en el deseo de seguirla, de espiar el objeto de su fascinación. Presiente que la niña conoce secretos que ella no.
Su cuerpo tiembla, su anhelo la desgarra, mas se aferra sintiendo sus uñas atravesar la paja, hundiendo la silla en el piso polvoriento, y repite obsesiva: ”Yo siempre he sido igual. Yo siempre fui la misma”.
Cada noche, con lluvias o vientos; aún envuelta en espesas nieblas o iluminada por las estrellas más sublimes, la niña llega hasta la orilla del inmenso mar.
Sus piecitos dibujan la espuma mientras deja que sus ojos se llenen de azul. Juega, corretea, respira y al ritmo de las mareas, llena sus pulmones de horizonte y sal.
Así transita, con ingenua devoción, cada exhalación de la gloriosa noche y con las últimas penumbras, apenas antes del primer resplandor, la pequeña se detiene, sonríe serena y radiante, perdiéndose en el mágico reflejo de la luna en el mar.
En ese preciso instante, la vieja toma su silla de paja, entra a la casa y mientras un bochorno de lágrimas ahogadas se afana en los arabescos del inefable batón, recita amargamente: “Yo siempre he sido igual. Yo siempre fui la misma”…
ViFlor
20 07 2007
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