Enjuagó el cepillo de dientes y detrás de una última chequeadita en el espejo apagó la luz del baño.
Siempre le daba placer sacarse las pantuflas y meterse en la cama de invierno, pesada de cobijas y promesas nocturnas. Pero entonces, justo antes de arroparse vio los 4cm que faltaban para que la puerta derecha del placard estuviera bien cerrada.
De un salto la cerró, sintiendo el alivio de haber evitado a tiempo aquel olvido.
A diferencia de los miles de personas que compartían aquella misma obsesión, ella conocía muy bien los motivos.
Convivía diariamente con los habitantes del placard, lo cual no era un problema en tanto la luz del sol los mantenía a raya y era su aliada para controlarlos.
Cada día lidiaba con los reclamos entre el sweater rojo de cachemira siempre dispuesto a seducir y la polera beige, tan eficiente a la hora de ordenar los archivos. Los pantalones grises de impecable corte anunciando sus responsabilidades profesionales a cada paso y los jeans que se morían de placer en las largas caminatas perfumadas de hierbas y sol. El encanto sutil de la blusa de lino y broderie y la fuerza arrolladora de las botas de montar.
No siempre era fácil complacerlos y acostumbrarlos a que todos tendrían su tiempo y momento de gloria. A veces había fuertes discusiones que terminaban con alguna lágrima y la promesa de repararla.
La vida resultaba tan rica en oportunidades que siempre podía encontrar una ocasión para los caprichos y desvelos de aquellos amigos del placard.
Con el paso de los años aprendió a disfrutar cada hora rodeada de tantos personajes, pero la noche era otra cosa…
Ella sabía que de día podía ser líder y dueña de aquella exclusiva multitud. Y aunque nunca lo había probado, intuía que de noche no habría forma de mantener el orden e imponer su voluntad.
Estaba segura que apenas perdiera la vigilia, ellos saltarían sobre su cama y terminarían asfixiándola exigiendo más de lo que ella o cualquiera pudiera hacer, dar o tolerar.
En sus noches siempre había una rara mezcla de poder y dolor cada vez que chequeaba las puertas del placard. Un sentimiento de culpa ante las miradas suplicantes que adivinaba en esa pequeña oscuridad. Sin embargo aún no estaba lista, aún necesitaba algo de control.
Se durmió de espaldas al placard, porque a pesar de todo, siempre confió en ellos, siempre supo que lo que hicieran lo harían por amor aún a costa de su propia existencia.
ViFlor
31 de Julio 2010
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