Esperó que se durmiera para robarle el último beso sin darse permisos para imaginar lo que vendría. Hundió la cabeza en la almohada y lloró los años de separación que la esperaban más allá del ancho mar. Se dejó devorar por la noche con el secreto deseo de que todo fuera un sueño.
La mañana llegó inexorable con el aroma del café nuevo que tomó de puntillas para no despertar a su bebé, su niña que ya no lo era. No tuvo fuerzas para volver a mirarla porque sabía que el alma es frágil y se desgarra ante el amor.
Se despidió de la familia que derramaba tristezas sobre el muelle y subió al barco con los brazos vacíos y el regazo doliente de la madre que abandona. Su niña, que ya no era suya, se quedaba en la tierra vieja de Italia y ella volvía vacía a las tierras nuevas de la esperanza ahora rota…
Nunca volvió la vista a los muelles; adivinaba los ojos tristes de su bebé buscándola en los trajines de los miles de amaneceres que vendrían. Los chillidos fríos de las gaviotas le trajeron el llanto ardiente de la hija que está sola a pesar de tanto abrazo de abuela y tanto amor de reemplazo.
Ni una vez se atrevió a mirar atrás y entre las largas olas del océano implacable hundió su pena inconmensurable y se preguntó una y mil veces por qué lo había hecho, por qué se había dejado convencer , por qué había simplemente sucumbido ante los argumentos de su hombre, ese hombre más hombre que padre.
Durante aquella travesía infinita Anais entregó su pecado al cielo y su corazón se hundiría para siempre en los abismos del dolor, un dolor extraño que pocos llegarían a comprender.
Vi Flor
18 08 2009
Un tributo a las almas tristes de mi mamá y mi abuela.
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